Son bellas, hermosas, decididas y muy inteligentes. Las juzgas por las apariencias y cuando te hablan sientes cierto rechazo pero porque son más valientes y guapas que tú, abrumadoras. Sabias y rompedoras, nadie las creería capaces pero te abofetean con la implacable realidad. Son musas.
La sociedad nos inculca unos valores pero, no contenta con eso, se atreve a asignarnos un papel que nosotros, ingenuos, interpretamos a la perfección. Sólo unos pocos cruzan la línea, lo intenté una vez pero me rompí las piernas a base de estupidez y crueldad, me he levantado ya. Es el momento, hay un ápice de fuerza en mí que no puedo desperdiciar, sobretodo por mí pero también por ti.
No envidio en realidad a quienes tienen la suerte de no tener que pasar por esto ya que siempre he creído que me enriquecía, de hecho creo que fue lo que me impulsó a escribir. No obstante, llega un momento en el que en lugar de sumergirte en la habitual introspección miras alrededor, te has estudiado a fondo y has odiado y amado apasionadamente cada uno de los trocitos de ti, cada parte de tu magnífico y devastador caos. Es el momento en el que despiertas y debes decidir si seguir con ese agonizante egocentrismo o abrir todas las puertas y ventanas, dejar que la luz y también las sombras del exterior te inunden...sin olvidarte de ti.
Llegaste (o más bien te encontré), derrumbaste las murallas, te acercaste a mí que me creía invisible, corriste las cortinas y revolucionaste a toda la ciudad, revolución que cada vez tiene más fuerza. Llegó el momento, no sólo se trataba de los demás sino de mi frenético ritmo de autodestrucción que tú no podías soportar. Lucharías a muerte contra el ejército más poderoso que viniera a atacarme pero ¿qué hacer cuando el enemigo es la misma persona a la que necesitas proteger? Caí, me hundí de mierda hasta las cejas mientras la propia miseria de mí misma me ahogaba. Tú siempre estuviste con la mano tendida, yo sólo tenía que desear cogerla. Qué dulce fue sentir tus dedos...qué alivio para ti ver la fuerza con la que me agarré.
Era difícil, me rompí las piernas y tropecé abriéndome la frente. Es un tortuoso sendero que tú creas y que no sabes cómo controlar. Vuelvo a estar de pie y agarrada a ti, pegada a ti...más fuerte gracias a las caídas anteriores y con el escudo fruto de nuestra aleación.

Continuará...